El que se Acerca a Dios

Hebreos

El que se Acerca a Dios

April 21st, 1978 @ 10:50 AM

Hebreos 11:5-6

EL QUE SE ACERCA A DIOS Dr. W. A. Criswell Hebreos 11:5-6 5-21-78    10:50 a.m.   Dentro de la serie de sermones sobre las grandes doctrinas de la Biblia, estamos ahora en la sección de teología correcta, en la doctrina de Dios. Y, en esta...
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EL QUE SE ACERCA A DIOS

Dr. W. A. Criswell

Hebreos 11:5-6

5-21-78    10:50 a.m.

 

Dentro de la serie de sermones sobre las grandes doctrinas de la Biblia, estamos ahora en la sección de teología correcta, en la doctrina de Dios. Y, en esta sección, este es el sermón de la mitad titulado: El Que Se Acerca a Dios.

Vayamos al capítulo 11 de Hebreos, uno de los más tremendos pasajes de la Biblia, uno de los grandes capítulos en la Palabra de Dios.  Hebreos, capítulo 11—pasa la lista de la fe.  Encontramos el título de este mensaje en el versículo seis: “Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.”

Podríamos escribir en la cabecera del capítulo once de Hebreos un subtítulo, un título: “Viendo lo Invisible” o “Viendo con los Ojos de la Fe.”  Así es como vemos a Dios. En el tercer versículo, dice: “De modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía”.  Esta es la mejor afirmación sobre la constitución atómica molecular y la estructura de la materia que se encuentra en cualquier lenguaje humano: Las cosas que vemos están hechas de cosas que no podemos ver, viendo lo invisible.

Miremos el versículo 7: “Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían,…” creyó a Dios. Fe. En el versículo 10: Abraham, Isaac y Jacob, “porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios“. Y la respuesta en el versículo 16: “… Por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos, porque les ha preparado una ciudad“. Ver lo invisible. Mire el versículo 19. Abraham, ofreciendo a Isaac, creyó que Dios lo levantaría de entre los muertos si Abraham clavaba el cuchillo en el corazón de su hijo. El versículo 20: ” Por la fe bendijo Isaac a Jacob y a Esaú respecto a cosas venideras“. Las cosas que no se ven. El versículo 27, uno de los mejores versículos descriptivos en la Biblia: “Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón. Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible”. Los ojos de la fe.

La expresión más grandiosa del lenguaje: “Por fe”. El agricultor ara la tierra, siembra su semilla, creyendo en Dios, confiando en Dios para la cosecha. Él ve la cosecha por la fe. Por la fe, el médico abre el cuerpo, lleva a cabo una tarea quirúrgica, creyendo en Dios, confiando en Dios para la curación. Él ve la persona sanada por la fe. Por la fe, el banquero abre sus puertas e invita a los depositantes a venir y confiarle sus bienes. “Por la fe,” sin la cual la vida y los negocios son imposibles.

¿Habéis notado cómo el mundo de los negocios no puede evitar utilizar el lenguaje religioso, el lenguaje de la fe, el lenguaje de la iglesia? ¿Lo habéis notado? Utilizan la misma nomenclatura que usamos, las mismas palabras. Una mujer llama al banco para hablar de sus bonos y el banquero por teléfono le pregunta: “¿De qué denominación son sus valores? ¿Está interesada en convertirlos?” Hay una larga pausa al otro lado de la línea. Finalmente, la mujer pregunta: “¿Estoy hablando con el Primer Banco Nacional o con la Primera Iglesia Bautista?”

Usted no puede escaparse de ella. Todo en la vida se junta en esas palabras: Por la fe. Los enamorados construyen una casa, crían a sus hijos. La fe ara la tierra, surca los mares, construye nuestras instituciones.

Por la fe, vemos a Dios. Es una facultad que Dios ha dado al hombre, una visión hacia el interior, los ojos del alma. Y con estos ojos, viendo lo invisible, llegamos a conocer a Dios. Esa es la facultad que distingue al hombre de todo lo demás creado por Dios: Su capacidad para ver lo invisible. Todos los prodigios de nuestro siglo, que han hecho de nuestra vida moderna una maravilla, son resultado de que los hombres ven lo invisible. La radio, el radar, la televisión, el nylon, los aviones a propulsión, la fisión atómica, todas las maravillas que nos han llegado en este nuevo mundo en el que vivimos, todas estas cosas, estas maravillosas medicinas como la penicilina, todo esto ha estado aquí desde el principio de la creación. Solo que ahora, con los ojos de la fe, estamos empezando a ver lo invisible y a arrebatarlas de lo desconocido.

Así es con Dios. Lo vemos con los ojos de nuestra alma por todas partes: Por encima de nosotros, a nuestro alrededor, debajo de nosotros y dentro de nosotros.

Sin embargo, un agnóstico, escéptico, ateo, responde: “Pero, yo no lo veo.” Tampoco lo ve el terrón en el surco labrado. Ni la bestia en el campo. Un perro en su caseta es absoluta y completamente ajeno a la expansión gloriosa que está por encima de él. Para los ciegos espirituales, la luz de Dios no brilla. Para los sordos espirituales, la revelación de Dios nunca habla. Para los muertos espirituales, la vida de Dios no existe.

Las estrellas, para muchos, son cuerpos celestes allá arriba en el cielo. Pero para nosotros, como el salmista, proclaman la gloria de Dios. El escéptico y agnósticos dicen: “Eso no es suficiente. Quiero verlo. Quiero que se presente aquí delante de mí y anuncie “Yo soy Dios”, para que pueda verlo ahí, de pie en mi presencia.” Ese es el hombre egoísta. Este es el corazón empirista.

En el año 63 a.C., Pompeyo conquistó Judea y la añadió como provincia al Imperio Romano. Él venía marchando hacia Jerusalén con sus legiones conquistadoras, se dirigió a la zona del Templo y en el santuario, puso su mano sobre el velo, para revelar el Lugar Santísimo. Cuando los judíos vieron lo que estaba haciendo, se postraron ante él y le pidieron que les quitara la vida, pero que no profanaran el Lugar Santísimo, más allá del velo, donde entraba el sumo sacerdote una vez al año con la sangre de la expiación.

El orgulloso empirista Pompeyo fomentó su propio programa empirista acercándose y corriendo el velo. Así, por primera vez, un hombre pagano entró en el Lugar Santísimo. Caminó alrededor, volvió a salir y exclamó: “¿Por qué, no hay nada en él? ¡Está vacío! ”

Este es el lugar donde Isaías dijo:

 

Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.

[Isaías 6:1-3]

 

¡Qué magnífico pensamiento trataba de seguir Pompeyo!: “Voy a tomar a este Dios de los hebreos y lo voy a poner en un carro. Él honrará mi caravana mientras paso por las calles de la ciudad de Roma, el conquistador de Judea”. Así es el hombre: “Quiero utilizar a Dios haciendo que se muestre. Lo quiero aquí delante de mí. Permitidme mirarle y exaltarme porque lo puedo ver”.

Tal vez no sólo los infieles, o los empiristas paganos como Pompeyo buscan usar a Dios. Cuando leemos La Biblia, es casi asombroso cómo esos santos del Antiguo Testamento clamaban al igual que algunos de nosotros: “Señor, ¿dónde estás?”

Job, en el capítulo 13, versículos 21 y 24, dijo a Dios: “¿Por qué escondes tu rostro?”  Y de nuevo, en el 23,3: “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios! Yo iría hasta su trono.”

David clamó lastimosamente en el Salmo 10, versículo 1: “Señor, ¿por qué estás tan lejos? ¿Por qué te escondes en momentos de angustia?”  Y nuevamente en el Salmo 13:1 “¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro? ¿Te olvidarás de mí para siempre?”

Isaías clamó en Isaías 45:15: “Y en verdad tú, Dios y salvador de Israel, eres un Dios que se esconde.”  Y otra vez la oración en el capítulo 64:1 y 2: “¡Cómo quisiera que rasgaras los cielos y bajaras! ¡Que los montes se derritieran ante ti como ante un fuego abrasador que todo lo funde, como un fuego que hace hervir el agua! ¡Así tu nombre sería reconocido por tus enemigos, y las naciones temblarían en tu presencia!”

En el capítulo 14 de Juan [versículo 8], después de que Tomás hubiera estado con el Señor, después de que Felipe hubiera estado con el Señor durante tres años, él dice: “Señor, muéstranos el Padre. Con eso nos basta.”

Bien, ¿por qué no?  ¿Por qué Dios no se pone delante de la escena y dice: ”Mirad, aquí está Dios”? O ¿por qué el Señor no se presenta en una manifestación multitudinaria o en alguna inauguración y dice: “Mirad, aquí está Dios”?  ¿Por qué no?

Hay tres cosas que Dios dice y hace, en respuesta. Número uno: Dios se cubre, Dios se viste, en la creación. “Porque nadie puede ver a Dios y vivir.” Como Juan escribió: ” A Dios nadie lo ha visto jamás” [Salmos 19:1-2]. Nuestras mentes no son capaces de contener la infinitud. Nuestros cerebros estallarían. Nuestros sentidos no pueden recibir la omnipotencia del Todopoderoso. Nuestra naturaleza pecaminosa no podría soportar la presencia de la santidad de Dios.

¿Por qué, mi hermano, no podemos ni siquiera mirar el sol? La única manera en que puedo mirar al sol es cubriendo mis ojos con gafas especiales. Ni siquiera puedo mirar el sol. ¿Cómo podría yo esperar contemplar el rostro de Dios?

En el capítulo 33 del Éxodo, Moisés dijo: “Te ruego que me muestres tu gloria”. Dios respondió a Moisés: Mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede ver mi rostro y seguir viviendo.» Y añadió: «¡Mira! Aquí en la roca, junto a mí, hay un lugar. Quédate allí; y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi mano mientras paso. Después de eso apartaré mi mano y podrás ver mis espaldas, pero no mi rostro.” Y Dios puso a Moisés en una hendidura de la roca y lo cubrió allí con su mano, y la gloria de Dios pasó de largo. El Señor quitó su mano y Moisés vio el resplandor de las prendas de la shekinah de la gloria de Dios [Éxodo 33:12-23].

No podemos ver a Dios y vivir. Dios se viste con la maravillosa creación que nos rodea. Son sus vestidos.

¿Por qué el hombre se aterroriza cuando se le aparece un ángel? Cada vez que aparece uno, siempre se utiliza la frase: “No temas” o “No tengas miedo.” ¿Cuánto más si se apareciera Dios? Él se cubre. Estas son sus ropas: La creación gloriosa que nos rodea. La obra maestra de sus manos está por todas partes. Él se viste de este maravilloso universo.

En la ciudad de Roma, en los últimos días de Miguel Ángel, cuando el gran artista estaba ciego, descubrieron una estatua enterrada. “Tiene que ser griega”, dijeron. “Enviémosla a Miguel Ángel.” Miguel Ángel, en su ceguera, con sus manos delicadas, notó los ojos, las cejas, la frente, la nariz, el contorno de la cara y los hombros de la estatua. Entonces dijo el ciego Miguel Ángel: “Es obra de un gran maestro. Debe haber sido hecha por Fidias”.

Lo mismo nos pasa a nosotros. Seguimos los contornos de las creaciones incomparables y maravillosas de Dios. Deben haber sido hechas por un maestro artesano, parecen obra de las manos de Dios. Dios se cubre, se esconde, Dios se presenta a sí mismo en sus creaciones gloriosas. Dios se presenta vestido de carne humana, el más maravilloso de todos los milagros del Señor: Dios se hizo hombre.

Es una verdad más allá de lo que mi mente puede entender: “El misterio de la piedad”, que Dios se manifestó en carne. “En el principio era el Verbo… y el Verbo era Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, engendrado, lleno de gracia y de verdad” [Juan 1:14].

Dios revelado en carne humana, y a veces la deidad de nuestro Señor brilló, brilló a través del velo de su carne. En el Monte Hermón, se transfiguró delante de sus tres discípulos más cercanos. Y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza, su vestido blanco como la nieve; la deidad de Dios brillaba a través del velo de su carne [Mateo 17:1-9].

O, cuando estaba durmiendo en un barco. Y, en la tormenta, los discípulos le despertaron diciendo: “¡Maestro!, ¿no tienes cuidado que perecemos?” Y se levantó de su sueño, reprendió al viento, a las olas, la tormenta y el mar [Marcos 4:35-41]; la deidad de Dios brilla a través del velo de su carne.

O cuando lo arrestaron, dijeron: “Buscamos a Jesús de Nazaret”. Y el Señor respondió: “Yo soy”. Entonces ellos cayeron al suelo [Juan 18:4-6]; la deidad brillando a través del velo de su carne.

El libro de Hebreos dice que a través de aquel velo rasgado, él entró en la gloria y abrió un camino tras el que debemos seguir [Hebreos 10:19-22]. Ah, la maravilla de la revelación de Dios en sí mismo, cuando se viste con carne humana.

Dios se viste con el mundo creado en el que vive. Dios se vistió de carne humana en nuestro bendito Señor: “Dios con nosotros”, Emmanuel. Y por último, Dios se viste, a veces, en las providencias y las experiencias de la vida. A veces lo vemos al invisible, en las tragedias, dolores y penas de nuestras vidas.

Termino con las palabras de uno de los más grandes intelectos que América jamás ha producido. Dr. Charles Hodge, en el último siglo durante más de 50 años, fue jefe del Departamento de Teología de la Universidad de Princeton y redactó, sin duda, los más grandes volúmenes de teología sistemática jamás escritos por el hombre.  De ahí cito:

 

Lo que suscita la naturaleza moral, ya se trate de peligro, sufrimiento o proximidad de la muerte, destierra a nuestras creencias en un momento. Los hombres pasan del escepticismo a la fe de forma instantánea, y no por un proceso de discusión, sino por la existencia de una conciencia con la que el escepticismo es irreconciliable y en el proceso de la cual la incredulidad no puede existir.

 

Tal vez somos autosuficientes en los tiempos de fuerza de nuestra edad adulta, tal vez. Pero a la hora de ser aplastados, o heridos, o disueltos en lágrimas, al instante, sin discusión, llegamos a ver a Dios.

Mi hermano, es un descubrimiento maravilloso: Ver a Dios a nuestro alrededor y en nosotros, ver a Dios en el rostro de Jesucristo, el velo de su deidad y la búsqueda de Dios en las providencias de la vida.

Señor, Señor, en tu presencia, me inclino con fe humilde, en quietud. En tu bendición, Dios mío, déjame vivir, déjame morir y déjame esperar un mañana más glorioso y triunfante. Nuestro Señor, cuyo nombre es Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la Paz, habla paz, descanso, salvación y esperanza a nuestros corazones y vidas. Señor, danos ojos para ver lo invisible. Que Dios viva en nuestras almas, trayendo vida, perdón, promesa y salvación. Y que Dios bendiga a aquellos a quienes amamos, nuestros seres queridos, y haga de nuestras vidas una bendición para todos los que conozcamos a lo largo de nuestra vida.